Es motivo para la reflexión preguntarnos qué buscamos en los textos de la ficción. Paradójicamente, aunque no son sino ensoñaciones, es dicho a menudo que lo que buscamos es una verdad. Una verdad que revelaría algo oculto, parafraseando a Heidegger. En el cine, al igual que con los sueños, y a través de la figuración y la fantasía, nos ponemos en contacto con nuestros sentimientos más profundos o íntimos que tenemos obturados en la vigilia o el mundo de lo profano y de la interdicción, en términos de Bataille. Pero estos sentimientos que habitan en lo inconsciente son, según señala entre otros Eugenio Trías en Lo bello y lo siniestro, a veces, las pulsiones más cruentas.

Por ello vivimos como sujetos un conflicto entre estas pulsiones y la ley, que es lo elaborado especialmente por la tragedia. Al mismo tiempo los sentimientos sublimes, amorosos o eróticos también sucumben a veces a la represión en la vida cotidiana, quizás por la ambivalencia que los imbrica con estos sentimientos violentos.

Y es, entonces, que en muchos de los textos de ficción vivimos situaciones existenciales trágicas que pondrían en escena irrealmente estos conflictos fundamentales.

 

No todos los textos actúan del mismo modo, sin embargo, para todos los espectadores, cada uno de nosotros es afectado de manera distinta y particular por las películas. E, incluso, a menudo nos sentimos decepcionados, pues no alcanzamos ese arrobamiento que buscábamos como espectadores en la representación, tal y como nos cuenta Proust en En Busca del tiempo perdido cuando el narrador de su propia historia, de niño, acude a una representación de su adorada diva y, siendo algo muy soñado y anhelado, se ve decepcionado pues no se siente conmovido.

 

Es pues para mí evidente que cualquier crónica o reseña que se haga de un Festival de Cine, por mucho que las películas premiadas gozaran de reconocimiento general, transmite una muy particular experiencia del individuo o sujeto que la escribe. Es, digamos, su verdad. Por ello, permítanme, que más allá de lo premiado por el jurado del Festival, les hable yo de mi propia selección de películas.

 

El mundo de lo profano, en una simplificación, tiene sus leyes racionales, y el mundo del arte, antropológicamente asociado a lo sagrado, tiene sus leyes simbólicas. Digo simplificación porque, en realidad, las leyes institucionales y las leyes religiosas están interrelacionadas. Jakobson y Freud nos hablaron de cómo los procedimientos del pensamiento poético y simbólico que caracterizan también a los sueños son la metáfora y la metonimia, condensación y desplazamiento, es decir, imaginación figurativa en la cual el deseo se disfraza para eludir la censura.  Es este componente simbólico y figurativo lo que sí hace muy diferente al arte, como textos del deseo, de los textos de las ciencias. Pero también es la acción que ejerce la censura sobre nuestras pulsiones una manifestación de cómo siempre opera la ley.

 

La ley, por tanto, es un componente constitutivo de la cultura y del sujeto, construye el inconsciente; y hemos observado como ha sido éste el tema principal de muchas de las películas vistas en el Festival de Cine de San Sebastián, que expone mucho de la producción cinematográfica estrenada este año. Es decir, del pulso del pensamiento y el imaginario de la sociedad actual.

 

En la película La Grazia de Paolo Sorrentino poder y ley van de la mano. El presidente de la República italiana, Mariano De Santis, es el más eminente de los juristas, y cuenta con inmensos poderes, entre ellos el de declarar la guerra. Es evidente que se trata de una magnificación de la figura paterna, como bien señalara Freud en su referencia a Moisés, el que estableció la Ley moral a partir de la palabra de Dios. Pero al mismo tiempo que el presidente de la República tiene la potestad de infligir el castigo, también cuenta con la prerrogativa de la gracia. O el indulto, a nivel de lenguaje moral, el perdón.

 

Es establecida inmediatamente una tensión dramática o trágica en el espectador cuando se nos habla de jueces, crímenes y policías. Este es el tema de Un fantasma en la batalla de Agustín Díaz Yanes, que explota la estela de un éxito fílmico del cine español del año pasado continuando con el mismo argumento: una mujer policía se traslada al País Vasco para infiltrarse en ETA.

 

Pero ¿qué es en este escenario de la ley del padre el mundo de lo femenino? La mujer, evidentemente, como es el caso de la hija del presidente de la República Italiana, su principal ayudante, o la protagonista de la película de Díaz Yanes, también puede encarnar la ley. Pero hay una idea generalizada, el mismo Freud lo indicaba en su obra, de que la mujer está un poco al margen de ella.

 

Hablamos entonces a continuación de una película en la que se representa el universo femenino como algo que conforta, y además asociado a la naturaleza, frente al rigor de la ley. En la interesante película Shape of Momo, de Tribeny Rai (India-Corea del Sur) de la sección Nuevos Directores el padre está ausente, ha fallecido. El universo es femenino, de mujeres de tres generaciones: la abuela suegra (madre del padre fallecido), la madre (asociadas ambas a la gran casa en las montañas del Himalaya) y la hija joven. La abuela y la madre se asocian a la naturaleza, mientras la hija no puede vivir allí porque, como su madre deseó que fuera un niño, es más racional, y prefiere vivir en la ciudad de Nueva Delhi.

 

La película china de la Sección Oficial, de Quin Xiaoyu, Her Heart Beats in Her Cage, cuya actriz protagonista Zhao Xiaohong ganó el premio a la mejor interpretación, es una extraña película, moralmente muy controvertida. Nos muestra al mismo tiempo, en el mismo personaje, a la madre amorosa y a una criminal. Comienza con una imagen de la protagonista presa, en formación, con su uniforme del mismo color azul, escuchando las palabras de las carceleras que por megafonía les recitan el lema del presidio que insta al arrepentimiento y corrección de la conducta. La imagen de los uniformes nos habla del racionalismo de la ley institucional, su falta de figuración o color, su rigurosidad y orden. Es como si el legislador y las instituciones pensaran en cierto modo que todo lo que tiene que ver con lo visual, lo colorista y decorativo conduce al pecado. O como si el principal castigo de la cárcel fuera privarnos del placer de la visión o la luz. Como Edipo quien se arrancó los ojos cuando conoció que había cometido incesto y el asesinato de su propio padre. Pero al, mismo tiempo, es a través del arte, en este caso la música, canto y flauta, y de los vestidos coloristas que la protagonista viste cuando sale de la cárcel y trabaja como cantante, cómo las presas cultivan su espíritu, se recuperan moralmente como sujetos, libres de la pulsión de la violencia homicida. En este filme también se nos presentan varias generaciones de mujeres. Aunque es muy importante la figura del hijo varón.

 

Este protagonismo de las mujeres nos muestra un universo más cotidiano, el de la casa y el hogar, el del cuidado del hijo y la comida, el Momo que da nombre a la película indo-coreana, que preparan las mujeres para los hombres, arte culinario que las hace deseables como esposas.

 

La extraordinaria película de The Fence de Claire Denis es una tragedia que nos habla de lo más profundo de la ley moral, de ésta como un conocimiento o saber ancestral. Nos habla de lo más deseable de la ley del padre encarnada en un hombre africano. Y de cómo el hombre blanco occidental, en su afán de progreso económico, tecnológico e industrial, ha perdido estos valores. Es el valor de lo sagrado en el concepto de Freud. La misma tragedia de Antígona es actualizada en este texto cuando se nos habla de la necesidad del rito funerario. Es, como Antígona, también el hermano el que se mantiene firme (aunque se le ofrece dinero para que se doblegue) en su exigencia de digno trato del cadáver del trabajador africano fallecido, se le dice por accidente, para mitigar el sufrimiento de la madre común. Es el hombre más humilde el representante de los valores éticos. Estos valores son enunciados en el filme como universales: se nos habla, a través de las palabras del protagonista africano con el lenguaje poético de otro pensamiento diferente al occidental que algunos llaman mágico o animista.

 

La película Nuremberg de James VanderBilt trata, evidentemente,  de la ley al recrear ficcionalmente el juicio a los jerarcas nazis. Recordemos como el Presidente de la República Italiana tenía la facultad de declarar la guerra. Pero, extrañamente, la guerra es una abominación moral, algo que permite y ordena, precisamente, lo más penado por la ley en tiempos de paz: el asesinato. Por tanto, deshumaniza al enemigo. Los jerarcas nazis transgredieron las leyes o convenios internacionales que aún ponen límites a la guerra. Y por ello fueron juzgados y ejecutados.

 

Es reseñable cómo los criminales de la película La Grazia, cuya petición de indulto el presidente italiano tramita, han asesinado a sus parejas. Es este el abismo de la pulsión del que nos hablara Eugenio Trías. Mientras en toda la película se habla del amor del presidente italiano por su mujer fallecida, Aurora, es precisamente a dos asesinos de sus parejas (ha de elegir entre uno y otro) a los cuales tiene la facultad de conceder la gracia.

 

Sin embargo, Göring, interpretado extraordinariamente por Rusell Crowe, es un amante padre de familia que provoca por ello la extravagante empatía de su psiquiatra (antes de que este visione los documentales sobre las atrocidades cometidas en los campos de concentración) y un genocida exterminador de un pueblo al que racialmente consideraba inferior.

 

Una manera de hablarnos de esta dialéctica que planteamos es reflexionar desde este punto de vista sobre la vida de un escritor celebérrimo como Franz Kafka tal y como hace Agnieska Holland, una biografía no lineal sino muy onírica y subjetiva del escritor. Con gran creatividad en el montaje se alternan episodios de la vida del escritor, con la siniestra y grotesca figura de su padre, como una figura cruel de la autoridad, con la representación en ocasiones de alguna de sus obras en las que como sabemos la ley se muestra de forma opresiva.

 

En los márgenes de nuestras ciudades hemos abandonado a ciudadanos que llamamos, precisamente, marginales, pues no se integran en nuestros mecanismos productivos que ejercen a veces tanta coerción.

 

Gitanos y magrebíes conviven en la Cañada Real, y es éste el escenario de la extraordinaria ficción que narra Guillermo Galoe en la película Ciudad sin sueño, premiada en Cannes. Viven, según nuestro concepto de personas integradas en un orden y sometidos a sus condicionamientos, como un horario, al margen de la ley. Historias del buen valle de Jose Luis Guerín, que obtuvo el premio especial del jurado, en San Sebastián, también nos narra desde el documental y a través del testimonio de sus pobladores, la vida en uno de estos barrios.

 

Señalemos cómo la ley en la Cañada Real es muy violenta, en forma de grandes grúas que demuelen las casas construidas “ilegalmente”. Deja de ser una ley moral para el espectador desde el mismo momento en que el director ha conseguido la identificación a través del chico protagonista con sus pobladores, pues nadie condenaría al padre que construye un hogar para su familia, y se asienta en un terreno en el campo, cerca de una ciudad, no habitado por nadie.

 

En todas estas películas de las que vengo hablando se presenta una disyuntiva entre el mundo rural, la naturaleza, y el racional de la ciudad. La palabra de los pueblos que viven fuera de la ciudad, al margen del mundo civilizado, no ha perdido su poesía. Las mujeres mayores gitanas narran cuentos a sus hijos con una imaginación y sentido de humor, o alegría, que muchas veces perdimos ya los payos, mucho más ocupados en la matemática que proyecta nuestras máquinas, o en la lógica de nuestra Inteligencia Artificial, no emocional.

 

Además, en los márgenes de la ciudad, en la Cañada Real, que no es mostrada de forma sórdida, sino en ocasiones con bonitos virados de colores, los gitanos y magrebíes tienen animales hermosos: caimanes, loros también coloristas y caballos. Por ello el abuelo chatarrero, al que acompaña en su trabajo el chico protagonista, quiere prohibir, como patriarca de la ley gitana, que sus hijos y nietos abandonen el entorno y el hogar que construyó para ellos, y se muden a un neutro y aséptico piso de la ciudad.

 

Entonces vimos filmes en los cuales nuestra sociedad blanca económicamente más avanzada se nos muestra como inmoral.

 

En un festival de cine cada año se efectúa una especie de ceremonia o rito. El del encuentro de los espectadores y de la prensa especializada con la estrella cinematográfica, el de una especie de pasajera transgresión en la cual se produce la desaparición de los límites que separan ficción de realidad. Son actores que parecen salir del universo de nuestras fantasías y sueños más queridos, y por ello hay mucha carga de deseo en él.

 

Hemos dotado a nuestras estrellas de un halo de superioridad moral con el que fueron investidas en sus papeles de héroes y heroínas en la ficción. Reclamamos de ellas que encarnen los más altos valores y que cumplan su papel de héroes sociales. Y así a Angelina Jolie, que protagoniza el filme Couture de Alice Winacour, y a Jennifer Lawrence se les pidió que nos lideraran en la condena de las atrocidades cometidas en la guerra en Gaza.

 

De este mundo de la estrella cinematográfica nos habló la excelente película Jay Kelly de Noah Baumbach que representa el mundo del cine dentro del cine. Comienza con un elaboradísimo plano secuencia en un gran set de rodaje donde están filmando una escena de una película que protagoniza Jay Kelly, un genial George Cloony. A lo largo del filme sufre una crisis existencial en la que, en contra de la opinión de sus representantes artísticos, busca hacer un parón en su carrera. Ansiando tener una vida normal sigue a su hija en sus vacaciones en Francia e Italia, y, abandona su avión privado para coger el tren de tercera clase en donde viaja ésta. Es reconocido por todos los viajeros, y en la vida real se comporta como el adorado héroe de sus filmes. Finalmente acude a un homenaje a toda su carrera en una ciudad de La Toscana.

Jennifer Lawrence, aún muy joven, pero con muchos galardones, fue nominada al Óscar por su maravillosa interpretación con tan sólo 20 años en Winter’s Bone (2010), recibió el segundo de los premios Donostia de este año. Ganadora del Óscar por El lado bueno de las cosas (2012), dirigida por David O. Russell, es una actriz de una gran expresividad dramática. Y se constituyó como heroína de la ficción en la muy popular saga de Los juegos del hambre. Obtuvo el segundo premio Donostia, mientras el primero fue recibido en la gala de inauguración del Festival por la famosa productora de “El Deseo” Esther García.

 

 

Die, my Love dirigida por Lynne Ramsay fue la película proyectada en la gala del premio Donostia, protagonizada por Jennifer Lawrence y Robert Pattinson. Una pareja recién casada se instala en una vieja casa de campo, cercana a la casa de la madre del chico. Al principio de la película su vida transcurre envuelta en sensualidad y felicidad. Su existencia es libre y despreocupada. La chica quiere ser escritora y parece ser ésta la vida que desea. Pero van desarrollándose una serie de conflictos a medida que avanza la película, pues una vez han tenido un niño que Grace cuida con afecto, Jackson parece que, influido por su madre, mujer que siempre lleva un rifle para defenderse, incluso cuando está acostada o durmiendo, al menos esto ocurriría en las ensoñaciones o delirios de Grace, pierde el deseo sexual hacia su mujer, lo que va condicionado, tal vez, junto con su aislamiento, la entrada en la locura de Grace. Para Deleuze la locura está relacionada con la ley, el esquizoide no participa del proceso edipizante que lleva asociada la culpa, y, en el caso del protagonista masculino de este filme, cuando ésta es paralizante tiene como consecuencia la imposibilidad de sentir deseo. En cualquier caso, lo que nos presenta el filme es una mujer que no puede vivir en un entorno social-familiar que es demasiado ordenado y con personas que expresan con su superficialidad y estupidez carencia de deseo. Poco a poco las imágenes de la película la componen sus fantasías o delirios, aunque nunca los distinguimos, tal vez como ella, de la realidad. Tiene comportamientos sexuales que se consideran inapropiados, y la pulsión digamos más salvaje se va adueñando de ella hasta convertirse en autodestructiva.

 

El palmarés del Festival de Cine fue el siguiente:

 

  • La ganadora de la Concha de Oro fue la película Los Domingos de la realizadora vasca Aluda Ruiz de Azúa que narra la controvertida historia, por demás casi insólita, de una chica adolescente que quiere ser monja de clausura.

 

  • La ya citada Historias del Valle de Jose Luis Guerin obtuvo el Premio Especial del Jurado.

 

  • Six jours ce printemps-là fue galardonada con dos premios: mejor guion y mejor dirección.

 

  • El premio a la mejor interpretación protagonista fue compartido por la ya mencionada Zhao Xiaohong intérprete de Her Heart Beats in Her Cage y por Jose Ramón Soroiz intérprete de Maspalomas. El de actriz de reparto fue para Camila Plaate por Belén de Dolores Fonzi.

 

  • Y, finalmente, el premio a la mejor fotografía fue para Pau Esteve por Los Tigres, película dirigida por Alberto Rodríguez.

 

Es, finalmente, reseñable que la película ganadora de esta edición, Los Domingos, plantee el tema de la vocación religiosa. Es un asunto inaudito que en la sociedad actual una chica joven quiera convertirse en monja de clausura, pese a que algunos sociólogos señalan que hay un regreso a valores más tradicionales ya que los jóvenes sienten un vacío y un sinsentido en nuestra sociedad contemporánea. Es inevitable que en nuestra sociedad actual esta situación plantee un conflicto en una familia, ya que hemos perseguido la liberación de leyes morales demasiado constrictivas. Pero quizás en este proceso hemos perdido el camino para dotar de un sentido transcendente a nuestras vidas.

 

 

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ANÁLISIS  CINEMATOGRÁFICO
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