A veces, más extraordinario que el sueño es el visionado de una película, pues el universo fantaseado por el cineasta puede exceder en mucho nuestros límites imaginativos, y abrir ventanas a nuevos pensamientos y sentimientos.

Cuando se revisa la biografía del japonés Hayao Miyazaki, galardonado este año con el premio Donostia, se encuentra una vida dedicada al cine de animación o anime. Encontramos en Kimitachi wa do ikiruka (El niño y la garza), estrenada en la ceremonia de inauguración y de entrega del primer premio Donostia, figuras de niños bellos, frágiles y sentimentales (de grandes ojos)

Mahito, en este filme Kimitachi wa do ikiruka (El niño y la garza) nos conduce en su aventura al mundo de la infancia, arraigado en el sueño y en la imaginación más enigmática.


ghibli

En las fotos o películas de celuloide queda registrado un hecho real, aunque sea éste la misma puesta en escena ficcional, que quizás olvides durante mucho tiempo en un almacén de grandes rollos de películas, como el personaje del montador de la película «Cerrar los ojos» de Víctor Erice, para algún día volver a proyectar y recordar.

Perfect Days de Wim Wenders poetiza hasta el extremo la vida más sencilla de su personaje principal en el Tokio actual. La rutina del protagonista comienza cada día cuando se despierta. Se dirige al cuarto de baño, donde se afeita y recorta cuidadosamente el bigote. Después en su pequeño jardín interior riega unas pequeñas y sencillas flores. El uniforme del protagonista de Perfect Times tiene las letras “Baños de Tokio”. Al subir a su furgoneta introduce una cinta de casete. La melodía de la conocida canción La casa del sol naciente suena. Constituyen estas canciones americanas de los años 60, 70 y 80 la banda sonora de su vida, además de la del filme. Y dentro de la furgoneta parece perderse en su propio mundo.

En su trabajo limpia los baños públicos de la ciudad de Tokio: los retretes, los cristales de los espejos, recoge los papeles. El rastro del excremento queda fuera de la visión del espectador, pues quizás nos resulte, para muchos, intolerable. Pero su compañero nos señala que se trata de una vivencia dura, como de pesadilla, pues odia el turno de mañana ya que le toca limpiar los vómitos.

El silencio preside el filme. Incluso los otros personajes se interrogan sobre porqué el personaje no habla. Se trata de un hombre bondadoso que parece feliz.

Lleva una pequeña cámara con la que fotografía los árboles cada vez que almuerza. A su sobrina, que hacia la mitad de la historia aparece en su casa, le regaló una. Se trata de una cámara analógica, al igual que sus cintas de audio; y guarda las fotos reveladas de los árboles en cajas metálicas, en un armario, apiladas unas sobre otras.

De los parques recoge las plantitas, con su tierra y raíces para trasplantarlas en su humilde casa. Observa a la gente, a un hombre loco, y sus extraños gestos, o a una chica que come junto a él todos los días su sándwich en su banco del parque y, silenciosa, le devuelve la mirada. Cuando termina su trabajo se dirige a los balnearios públicos, en los cuales los hombres se asean casi ritualmente sentados debajo de un chorro de agua. Por la noche lee a literatos célebres como Faulkner. A veces se acerca a la librería y charla sobre ellos con la vendedora. Y algo especial de su existencia es la visita al bar – pub regentado por una mujer que en una emotiva escena también canta la canción La casa del sol naciente.

Olvido es una palabra triste. Y hermosa también, así como la muerte, la nada, que tanto fascinaba a los místicos. He oído a psicoanalistas decir que en el inconsciente no existe el tiempo y, por ello, tampoco el olvido. Este concepto me remite a lo infinitesimal más que a lo infinito pues parecería que somos capaces de recordar cualquier sensación instantánea, es de un misticismo ingenuo, incluso diría inculto; y para mí, que ni soy filósofa ni matemática, y si lo fuera lo sería rigurosamente, esto resulta inconcebible. Pero efectivamente, cuando soñamos, algo se nos muestra como realmente no olvidado, la imagen de la persona en la cual ya no pensábamos retorna, el tiempo retrocede a nuestra juventud con frecuencia, y familiares muertos aún viven. Es una vida afectiva de los deseos o, más exactamente, de los sentimientos cuyo despliegue visual puede resultar sorprendente y muy real al mismo tiempo. El sueño es, algo que nos sorprende, que nos revela lo ignorado u olvidado. Nadie parece definirse por sus sueños, pero así debería hacerse, definirse por lo que se es: lo que se cree de uno mismo, y lo que no se es: lo que uno descubre de sí mismo cuando sueña, y le sorprende. Pero en el relato que construimos de nuestra propia biografía, el olvido es algo necesario, como en una película que avanza para que ésta progrese. El olvido es consecuencia de la ausencia mantenida en el tiempo, que al principio produce melancolía; y después desemboca, con alivio, en olvido y deviene pasado.

Me encontré el tema del olvido en mí nuevo visionado de la obra de Erice galardonado este año con el segundo premio Donostia. Ya fue premiado Víctor Erice con la Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián en 1973 por la película El espíritu de la colmena. En la película El Sur el padre de la protagonista lee la carta de Irene Ríos, quien olvidó su amor: “El tiempo es el más implacable justiciero que haya conocido”. El padre y la hija, ya adolescente, comen en un restaurante en el cual se celebra una boda. Se escucha el mismo pasodoble que padre e hija bailaron en su primera comunión. 

–      ¿Te acuerdas de este pasodoble? Ya no…

–   Sí me acuerdo

Él no puede olvidar un amor pasado, y esto, junto a, tal vez, la culpa, lo mata.

La nueva película de Víctor Erice es interesante. La trama y los diálogos son capaces de atrapar emocionalmente durante las casi tres horas que dura la película. El filme tiene un tono de ritualidad, se evidencia la representación en el envejecimiento impostado mediante maquillaje de sus actores principales y en el tono algo solemne del diálogo. Una especie de ritualidad mágica tan propia del teatro español que, a mí, en esta ocasión, me llega. Un actor ha desaparecido hace años, y su mejor amigo director de cine, lo busca. Ambos fueron marinos durante el servicio militar y conserva de ello una foto del año 67 que entrega a la hija de su amigo. Finalmente le encuentran en un asilo de monjitas, una de ellas interpretada muy simpáticamente por Petra Martínez: ha olvidado todo sobre su vida, su nombre, a su hija, interpretada por Ana Torrent, su oficio, salvo que recuerda las melodías de los tangos de Gardel.

En las películas de la sección oficial y Perlas vimos bastantes basadas en un discurso ideológico lo que en el concepto de Hannah Arendt [i] es aquel que escamotea la realidad y que no se hace cargo de las complejidades del ser.

“Ideologies are never interested in the miracle of being. They are historical, concerned with becoming and perishing, with the rise and fall of cultures, even if they try to explain history by some “law of nature.” […]

«Ideologies always assume that one idea is sufficient to explain everything in the development from the premise, and that no experience can teach anything because everything is comprehended in this consistent process of logical deduction.”

[i] ARENDT, H. (1973). The Origins Of Totalitarianism  (Harvest Book Book 244) (English Edition) pp. 469-471

Película mejores o peores, pocas fueron las que no expresaron en sus presupuestos ideas morales ideológicas, algo de lo que se supone el discurso oficial del bien, que para los oponentes políticos puede resultar ser el del mal. No obstante, creo, la misma historia del cine nos muestra cómo el artista vive en sociedad y expresa en sus obras, como hacemos todos en nuestra vida cotidiana, estas ideologías, sin dejar por ello de producir arte. Quizás el secreto consista ir algo más allá de uno mismo, dejarse empapar por lo vivido, la experiencia, y, también, poder reconocer algo del discurso del otro.

De lo visto en la sección oficial dos películas fueron mis preferidas Un amor, de Isabel Coixet y Un viaje de primavera de Peng Tzu-Hai y Ping-Wen Wang y con guion de Yi-Hsun Yu. Afortunadamente, la primera obtuvo el premio de los críticos el Feroz, pues se quedó Coixet sin un lugar en el Palmarés.

Isabel Coixet lleva en ocasiones, leí en algún artículo, ella misma la cámara. No es posible, en mi opinión, una autoría real en el cine sin hacerte cargo de algún modo de la imagen, y creo que eso otorga excelencia tanto a la película de Coixet como a la ya mencionada de Wim Wenders.

En un texto cinematográfico con un buen guion basado en una novela de Sara Mesa, el jurado del oficial ignoró igualmente para sus galardones una interpretación magistral de Laia Costa, que brillaba en mi opinión aún más que en la película Cinco Lobitos con la que ganó el Goya, precisamente por la calidad del guion de esta película.

El argumento, en breve líneas, es la historia de una chica que decide dejar la ciudad y un oficio de traductora de dialectos africanos, trabajo que permite a las mujeres que huyen de la violencia en África comunicarse.  Pero no puede soportar que su traducción sea motivo de denegación de la petición de asilo. Compra una casa destartalada, y sufre la dureza de su casero, y la hipocresía de sus vecinos. También la aspereza de su relación amorosa con un hombre rudo, el alemán, el cual no ha tenido una vida fácil ya que en realidad emigró a este país desde Armenia y vivió allí una infancia con muchas carencias. Ella accede a una relación sexual propuesta por él con estas palabras, o este concepto, tan extraño: ¿me permites entrar dentro de ti? Y, finalmente, se enamora obsesivamente. En varias escenas su figura se desdobla, el ambiente duro de su existencia en el pueblo, así como la cierta crueldad de sus vecinos, parece dar lugar a esta crisis.

El Festival de Cine de San Sebastián, es un gran evento cultural, ya que la oferta de películas para el visionado del espectador es espléndida, y para todos los gustos. Sin embargo, la sección oficial va careciendo cada vez más de grandes películas.

Abundan las óperas primas que en general suelen representar un nuevo panorama cinematográfico interesante. Un viaje en primavera fue la película galardonada con el premio a la mejor dirección. Comienza con un largo plano de una bella cascada. Y a continuación nos narra la vida de un hombre, ya mayor, que intenta arreglar el grifo de la cocina de su casa. Vemos en el cine asiático de los últimos años una representación de personajes sencillos y humildes (lejos de los universos del bienestar europeo) que, sin necesidad más que de esta narración serena de lo cotidiano, nos transmiten su espiritualidad.

“When Joshu was asked what the Tao (or the truth of Zen) was, he answered, “Your everyday life, that is the Tao”. […]

“There is nothing extraordinary or mysterious about Zen. I raise my hand; I take a book from the other side of this desk; I hear the boys playing ball outside my window; I see the clouds blown away beyond the neighbouring wood: — in all these I am practising Zen, I am living Zen.”

“An inarticulate sound, an unintelligent remark, a blooming flower, or a trivial incident such as stumbling, is the condition or occasion that will open his mind to *satori*” D.T Suzuki (1934) [i]

[i] SUZUKI, D.T (1934): An Introduction to Zhen Buddhism, 2014, Stellar books

Vive el protagonista en una casa sencilla con su mujer, en un hermoso paraje arbolado en la montaña, con largas y empinadas escaleras que dirigen a ella; y resulta muy cansado, especialmente para su mujer, subir todos los días a la vuelta del autobús que viene de la ciudad, hasta la casa. La relación de la pareja es un poco ruda a veces, pero en escenas concretas nos damos cuenta de su amor: diálogos con humor o la extrema preocupación del protagonista cuando ella cae enferma. Un día muere, y él la introduce en un gran congelador cubierta de hielo. Entonces decide emprender con ella un largo viaje en una furgoneta por la costa y también, y en especial, visitar un lugar para ella muy querido en las montañas.

O Corno fue del interés del jurado, de la crítica y del público en general y ganó el premio más preciado, la Concha de Oro. Es en mi opinión un filme duro, que comienza con una escena de un doloroso parto observado por la hija. La adolescente queda embarazada en una relación con su novio, y acude a la ayuda de una mujer, que provoca el aborto con un brebaje a partir de semillas.

Ex Husbands es una película acerca de solo hombres: abuelo, padre e hijos, de una familia, y su grupo de amigos. Comedia convencional en la cual el protagonista de unos 60 años vive el divorcio de sus padres ancianos como una tragedia, llegando a actitudes demenciales como intentar reunirlos más allá de la muerte en contra de la voluntad de su padre. A los años de que el padre le anuncie su divorcio, se ve sorprendido por el propio, solicitado por su mujer. Y padre de dos hijos busca en ellos su refugio uniéndose a la despedida de solteros de uno de ellos en un viaje a Yucatán. Es una película que se deja ver, principalmente interesante a nivel dramático por el personaje de uno de sus hijos, pero cuyo convencionalismo masculino la conduce a la mediocridad. La ausencia de papel dramático de la mujer es prácticamente total.

El viaje de la sultana nos propone, por el contrario, en la fantasía de su protagonista, el mundo inverso, uno, deseado y buscado, formado solo por mujeres en la India, que, pensaríamos, en venganza contra los hombres, convierte a estos en esclavos. Aunque el dibujo es muy imaginativo, la trama argumentativa es extraña, repleta de fantasías burguesas: una joven donostiarra viaja por todo el mundo, el yo proyectado en el personaje es uno idealizado, padres modelo del mundo del progreso y la creatividad (la madre es oceanógrafa, el padre un director de cine italiano con ínfulas de Fellini, que hace películas indias) y una de las escenas nos la muestra dialogando sobre arte con un célebre artista.


All Dirt Roads Taste Salt, es una película fallida que transcurre en el Missisipi y narra con deleite demasiado estetizante la vida de una chica afroamericana y sus familiares.

Un métieur serieux gira alrededor de la vida de un profesor y sus compañeros en un instituto francés, trata de sus conflictos personales y con algunos de los alumnos, siendo una película para mí también fallida, por la imagen excesivamente idealizada del profesorado y por no seguir la convención esperada del género, que es presentarnos con mayor empatía los problemas del alumnado.

Aquellas películas cuya narración es más realista u orgánica, sin partir de presupuestos ideológicos, es decir, sin modificar la realidad para que se adapte a constreñidos valores morales, son más de mi gusto. Un silencio de Joachim Lafosse es, por ejemplo, una interesante película basada en un hecho real, protagonizada espléndidamente por Emmanuelle Devos. Es notable, especialmente, lo que se refiere a su trama, que gira en torno al tema de la pedofilia y de los silencios familiares que pueden producirse en una familia burguesa para conservar su estatus. En la rueda de prensa el director habló de la perversión encarnada en el personaje, y de su fascinación por el poder. El silencio de su mujer es sorprendente, no es un silencio cómplice, señala el director, es más sutil que el de la complicidad; y uno de los enigmas de la película consiste en intentar comprender sus motivos.

Muy interesante fue para el visionado de alguna de las películas de la retrospectiva dedicada a Hiroshi Teshigahara: Shin Zato-Ichi – Niji no tabi, Shin Zato-Ichi -Yume no tab, y Go-hime (La Princesa Goh).

Las dos primeras son dos episodios de la serie televisiva sobre Zato-Ichi, un hombre ciego con poderes de samurái que vaga o deambula por las ciudades japoneses. En la primera de ellas, Niji no tabi o Paseo del Arcoiris, Zato-Ichi es un masajista muy pobre que en una sesión de masaje a una dama tiene una relación sexual con ésta, por lo cual es perseguido y se enfrenta a diferentes luchas con artes marciales contra aquellos que consideran esta relación una deshonra. En la segunda, Yume no tabi, o Paseo de los sueños, se mezclan sueños del personaje Zato-Ichi y realidad, siendo que, en sus sueños, es un hombre poderoso que ve, y vive diversas peripecias muchas de carácter cómico.

Go-hime (La Princesa Goh) es una bellísima película ambientada en el periodo Momoyama. Es la princesa sobrina de un discípulo del Rikyu, célebre ceramista y maestro de ceremonias del té condenado a suicidarse mediante el rito seppuku por el señor feudal al que ambos sirven. La cabeza de Rikyu ha sido exhibida en el centro del pueblo para amedrentar a la población. Secretamente la población se rebela recogiendo su cabeza decapitada para enterrarla debidamente. La mujer de Rikyu se suicida haciendo arder su casa, y el sirviente de la princesa Goh, atravesado por este drama se dirige a casa de ella y la fuerza a mantener una relación sexual. Éste es castigado a exiliarse, pero vuelve a hallarla azarosamente, después de muchos años, cuando se enfrenta a sus atacantes en una de las rutas de la comarca. Es acogido como su sirviente de nuevo por la princesa, casada con un noble obligado a exiliarse. Un nuevo drama se produce, y otra vez ante la violencia y el dolor, la princesa Goh y su amigo mantienen una relación sexual, esta vez deseada por ella, quien va a buscarle a su choza.

Volviendo sobre el olvido, tema abordado, aunque sea implícitamente, en muchos los filmes visionados, no creo que el olvido sea del todo posible. Sobre lo pasado volvemos constantemente con la herramienta de la escritura para recuperarlo y reflejarlo en nuestros textos y hacerlo de algún modo permanente. Sin esto nuestros actos no cobran sentido. Quizás la falta de apego haga el transcurrir de la vida más fácil, pero, la mayoría, dejamos algo nuestro, de nuestros cuerpos y nuestra piel junto a lo que una vez amamos. Y por ello nunca olvidamos del todo.


Share This