La 72ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián o Zinemaldia ha sido de nuevo una Fiesta del Cine. Este año he percibido con más intensidad lo extraordinario de este evento, el cómo todos los que en él participamos, desde los amabilísimos acomodadores hasta los críticos más famosos, a los cuales admiramos, nos dedicamos a compartir, con ilusión y pasión, nuestras opiniones sobre cine.
Los donostiarras y quienes nos visitan nos congregamos alrededor de la entrada al hotel Maria Cristina, en la alfombra roja del Kursaal, las cámaras de las televisiones y los presentadores ocupan la ciudad, y, este año, hasta contamos con la asistencia del presidente de gobierno Pedro Sánchez a la ceremonia de entrega del Premio Donostia de su tocayo Pedro Almodóvar. Pero qué decir del ritual tan especial que es acudir a ver una película en el burgués y tal vez decadente Victoria Eugenia, muy acertado escenario para la proyección de Maria Callas: letters and memories de Yannis Dimolitsas con una bellisima Monica Belluci. Se trata de un documental en blanco y negro sin otra continuidad excepto la lectura de las cartas de María Callas y de otros escritos por parte de Monica Belluci, en diversos escenarios y con diversos vestuarios de sofisticación burguesa. Monica Belluci posa interpretando emotivamente estos textos que a veces lee. Es una película sobre el misterio de las divas fusionándose ambas, Mónica Belluci y María Callas.

Sin duda fue el premio Donostia a Almodovar para mí lo más emocionante de esta edición del festival. Cómo no recordar el visionado por primera vez de una película de Almodóvar Laberinto de pasiones con apenas 18 ó 19 años en el 82, en plena ebullición sexual y la explosión de deseo en la hasta entonces oprimente sociedad española. Los jóvenes del Madrid de La Movida éramos liderados en nuestra transgresión por el director manchego. Recuerdo especial en esta ceremonia del Donostia para estas comedias almodovarianas, entre la que se cuenta la para mí su mejor película, Mujeres al borde de un ataque de nervios de 1988, pues tengo preferencia por el cine de comedia.
Son muchas las películas de Almodovar, pero esta última La habitación de al lado es realmente una obra maestra. Es la película de un hombre mayor, que se plantea un problema que muchos viven de cerca por la enfermedad terminal o muy grave de algún amigo o familiar. Pero no es necesaria, ni siquiera, esta experiencia directa pues como señala Schopenhauer: «… el hombre es consciente de que a cada hora se acerca a la muerte» (Schopenhauer, A. (2023). El mundo como voluntad y representación I (Clásicos de la Cultura nº 1) p. 107).
En realidad todos nos planteamos a veces si merece la pena vivir. Pero cuando se nos enfrenta irremediablemente a la muerte vivimos la circunstancia con una mezcla de estupor y quizá súbita catatonia. No se puede vivir en realidad pensando en la muerte, pero como señalaba George Bataille con el arte y lo sagrado necesitamos afrontarla.
Estructurar espacial y temporalmente un filme, su cadencia dramática, ha sido uno de los propósitos creativos de los realizadores de cine desde que comenzaron a interrogarse sobre sus modos de representación. En el cine francés, los primeros teóricos y autores de vanguardia, tuvieron gran interés por las ideas de ritmo cinematográfico, y por las relaciones entre el cine y la música. En el cine narrativo el ritmo se determina en la puesta en escena: movimientos de actores, ritmo de la acción, tanto como en el montaje. Los géneros melodrama, drama y comedia del cine clásico son un ejemplo de ello. Desde los primeros burlesques, por ejemplo, de Charlot, en los cuales, como decía Nijinski, podría hallarse un ballet burlesco o especie de danza, vemos este interés por la armonía formal rítmica cinematográfica. La referencia nostálgica a la cinematografía clásica en La habitación de al lado, está en la escena de la película Seven Chances de Buster Keaton que las protagonistas ven en la televisión, en su casa retirada en las montañas.
La puesta en escena de la película de Almodóvar es, por tanto, muy clásica en lo que se refiere a esta armonía de conjunto, hilada por una estupenda banda musical de Alberto Iglesias que determina el tempo.
Espacialmente, pero tengamos en cuenta que en el cine siempre hay una sucesión y un contraste de representaciones, la composición de este filme también en clásica. No me refiere con ello a que siga los cánones del montaje del llamado cine clásico americano. Hay una pérdida de la conciencia de los valores compositivos estéticos del encuadre en el cine actual, con respecto a aquel que ya para las generaciones más jóvenes es conocido como cine clásico, Antonioni por ejemplo. Aunque para sus contemporáneos fuera nuevo cine europeo: Neorrealismo (Andre Bazin), Nouvelle Vague. Es evidente que ya incluso para nosotros los boomers, los hijos de aquellos del 68, resulta un cine anterior a nuestro tiempo, en el cual el valor estético de la imagen, y no tanto el espectacular, aún era paradigma para valorar un filme. Analizar las secuencias en su découpage (Nöel Burch) requiere una revisión repetida del filme necesaria para explicar explícitamente el porqué de que señale esta película como excelente a nivel visual. Ciertamente en la primera percepción, y la real, la estética, la que no detiene el tiempo de proyección, captamos la belleza y la inteligencia de un encuadre y también de un gesto, igual que al escuchar una sinfonía la entendemos y sentimos, pero no lo podríamos explicar sin la partitura. Y esto es, quizá, lo que hacemos los analistas de filmes para explicar los mecanismo de una película: parar el frame y observar, e incluso diría yo, medir.
Todos estos comentarios que algunos dirían estéticos son inseparables de la historia narrada y escrita por el inmenso guionista, eso sí, pero es su mayor encanto, muy naïf, que es Pedro Almodóvar. Creo que lo más peculiar de su estilística es esta ingenuidad característica de lo cómico, género en el cual nos dio tantas obras maestras, que diríamos se sigue colando en sus dramas, cierta simplicidad genial podría decirse.
Hay una referencia intertextual a todas las artes que componen un filme. A la misma Historia del Cine en sí, a su pasado, Seven Chances de Buster Keaton; a la pintura o la imagen, Hopper, y a la literatura o palabra: Dublineses de James Joyce. La película fue valorada en Italia, no lo ha sido en este tiempo tanto en España. Mi espíritu desconfiado, crítico, suspicaz, me hace pensar que los ampulosos académicos del cine español siguen comportándose como aquellos de los años 80 que despreciaban a Almodóvar como bufón, y para mí no cabe duda de que no pueden concebir que alguien de orígenes humildes forme parte de los templos de la cultura. No me parece que haya impostura en el intelectualismo actual de Almodóvar, es el texto de una persona casi anciana con un gran bagaje cultural adquirido que enriquece a un gran talento. Pero se trata al mismo tiempo de un cine ya quizás de otro tiempo.
Almodovar nos dijo en la rueda de prensa que en esta edición del Festival se estaba hablando mucho de la muerte. El día anterior Costa-Gavras con Le dernier souflee presentó una película sobre la agonía, con la extravagante historia de un filósofo que viste una bata médica y acompaña a un doctor de cuidados paliativos en sus visitas a enfermos terminales. Sinceramente, en los momentos precedentes a mi último suspiro, por mucho respeto que tenga a la filosofía, lo último que desearía es conversar con un filósofo que me argumentara sobre cómo no hay vida después de la muerte y por tanto me dirijo hacia la nada. Por el contrario la película de Almodovar, aun declarándose este director ateo, pero no se trata en realidad de eso, nos ofrece mucho mayor cobijo. La potencia de su relato y su puesta escena visual y musical dan lugar a un ritual de los últimos días de Martha interpretada por Tilda Swinton.


Cate Blanchett, ganadora de dos premios Oscar, uno de ellos al de mejor actriz protagonista por Blue Jasmine (2014) de Woody Allen, y Javier Bardem recibieron los otros dos premios Donostia.
Tardes de soledad de Albert Serra, documental sobre un torero, recibió la Concha de Oro. Los críticos señalaron su alto valor artístico y su cercanía con planos muy cercanos a la propia experiencia del torero frente al toro.
Muchas películas me estremecieron en esta edición. On Falling de Laura Carreira fue una de ellas. Recibió la directora la Conccha de Plata a la mejor dirección compartiendo este galardón con Pedro Martín-Calero por El llanto. En la película On Falling cada día de una vida anodina la protagonista Aurora parece plantearse por su gran y contenida tristeza si merece la pena vivir. Su vida cotidiana como emigrante en Escocia consiste en ocuparse como picker de escanear los códigos de barra de los más variopintos objetos en unos inmensos y grises almacenes, sin amigos ni dinero para ocio o viajes de turismo.
Los demás premiados de la Sección Oficial fueron los siguientes:
- Concha de Plata a Mejor Interpretación Principal: Patricia López Arnaiz por Los destellos (Pilar Palomero)
- Concha de Plata a Mejor Interpretación de Reparto: Pierre Lotin por Cuando cae el otoño de François Ozon
- Premio Especial del Jurado: A todo el reparto de The Last Showgirl (Gia Coppola)
- Premio del Jurado a Mejor Guion: François Ozon y Philippe Piazzo por Cuando cae el otoño
- Premio del Jurado a Mejor Fotografía: Songri Piao por Bound in Heaven (Songri Piao)
No sé por qué se me antojo clasificar las películas entre aquellas protagonizados por personas de clase trabajadora y aquellas por personas de clase alta. Extrañamente además del confort de la vida de los segundos me fije en las diferencias de vestuarios. Me gustaron más las primeras, y esto quizá no sea más que un asunto de situación personal con la gran paradoja de poder permitirme una estancia burguesa en San Sebastián para el Zinemaldia. Y este es el único ¨pero¨ que le pongo a la película de Almodovar.
Cuando se vive o se ha llegado a vivir en una situación acomodada no se sabe nada del desgarro de la pobreza, el relato se convierte en un texto esteticista sin textura ni grano. Y se ignoran, en realidad, los abismos del alma humana, los que nos enfrentan al bien o mal radicales. El dolor de la desesperanza que ya se asomaba de forma muy hiriente en este festival en On Falling se hizo sentir con violencia en la recreación de Todd Phillips de su primera película sobre el Joker la recientemente estrenada Joker: Folie à deux. Es muy notable que una película te haga participar del odio intenso del personaje permaneciendo evidentemente este odio como un sentimiento inocuo, quedándose allí en este complejo personaje de ficción que creó Todd Philllips hace algunos años y conmocionó a la sociedad occidental.
Hermosísimo filme sobre la clase trabajadora es también The Last Showgirl de Gia Coppola. Pamela Anderson está sublime en su interpretación de la ya mayor bailarina o vedette de un espectáculo musical y levemente erótico, ya pasado de moda, en Las Vegas. Pero quien de verdad sobresale en este filme es en mi opinión Jamie Lee Curtis, quien debió llevarse un mejor premio en el palmarés, aunque fue reconocida junto a los demás intérpretes de esta emocionante película con el Premio del Jurado.
Regresando a filmes con personajes alto burgueses en universos idílicos me sentí también fascinada por la belleza del filme Parthenope de Paolo Sorrentino. Pero algo hacía diferente a este filme, cierta «suciedad» en su extravagancia, que se extrema en la visita de la protagonista a los suburbios de la ciudad de Nápoles.
Muchas de las películas que vi llegaron, pues, a extasiarme por su belleza o por la emoción de su relato, y casi que me resultaba el sábado, al final del mismo, imposible poner palabras a estos sentimientos. Vuelvo a recalcar lo extraordinario de este evento o festival cinematográfico de San Sebastián, al que os invito a participar el siguiente año, si no pudisteis acudir este. Pues merece, realmente, la pena.